Darle la espalda al monte

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Incendio Jodar.jpg Cerca del agua te quiero tener porque te aliente su vívido ser.

Un pilar seco es una mariposa manoseada, y con ellas del vuelo y los colores. Sin agua el pilar pierde su función y su ingente repertorio de matices. Se convierte en un sepulcro, carente de trinos y croares, sin hembra, bestias ni musgo. En uno de estos féretros encontré una vez el cadáver acortando de un perro. Un animal grande, en cuya momia reseca se reconocían los rasgos del mastín. Fue en La Campana, un pilar largo y estrecho, muy del ganado, y el bicho rebosada por el peto del abrevadero. Aquello, pienso, era una redundancia necrológica, muerte sobre muerte, el cadáver del perro sobre el cadáver del agua.

Se nos vienen secando los manantiales y nos duele ahora, como nunca, una pira de montes encendidos.

La noche se ha encendido como una sorda hoguera de llamas minerales y oscuras embestidas.

El fuego es para el poeta una metáfora de la pasión amorosa. Y como el amor es inherente a la inmunidad, la llama tampoco resulta extraña a la vegetación mediterránea. Muchas plantas rebrotan de su raíz con las primeras aguas, aunque la recuperación de leña alta sea cuestión de tiempo, al menos la media vida del hombre. Algunas incluso toman beneficio de la llama, como el esparto, nuestro esparto, que progresa ocupando el espacio de competidores de menor ventaja. Pero otras cosas se quedan en la lumbre , como las coíferas. Pinos y sabinas mueren y a mi me sangra más que nada la pérdida de estas ultimas, cuya juventud se mide en décadas y su madurez en siglos.

La encina y la coscoja rebrotan desde el suelo, entre sus propias cenizas. Ave Fénix, Ave Quuercus. Pero son lentas como el paisaje que conforman, tan unidas a la piedra. Y en su herida está la herida del paisaje, la imagen desolada de la Cuerda, como también de Los Pinares o, antes, la lujuria desarbolada en la Sierra. Son demasiados incendios en triste sinergia de la llama. Mucho terreno, demasiada vida perdida, demasiado paisaje por rehacer.

Y se hubiera perdido más si los retenes y sus aires. La suya es una entrega casi bélica, que signa con códigos y estricturas de comando. Infantería. La tensión del hombre. Cuando un a decisión equivocada puede costar cien hectáreas y otra peor, su propia vida. De últimas, en la noche vertical de La Cuerda se leveía, valientes entre escarpaduras, despreciar el riesgo para acabar sustituyendo llamas lucecilla de sus linternas.

Cansado acaso, pero no vencido, sale de sus jornadas el soldado.

Mientras, en los cultivares queremos producir aceituna, solo aceituna, como si estuviéramos fabricando tuercas. Deseamos producir arrobas de aceite como salen las piezas del entorno, a tantas la hora. Y lo cierto es que lo estamos consiguiendo. Pero la tierra no es una nave industrial y acaba pasando factura. Como el río. La arroyada es tal que el fuego, irascible, antes o después toma su madre e inunda el soto robado, arranca ingenios y arrastra el vehículo que lo reta (sí paso, cuelo... dijo el imprudente en su caso último). Pues igual la tierra. Tan solo que ella es más lenta. La esponjosidad de su historia tampona el veneno, hasta donde puede, como la roca, como el agua lenta que la percola, frutos que son del tiempo actual, ecológico que dice el científico, el mismo científico de lo ciclos del agua y el carbono, el de la ecología evolutiva.

Me enorgullece el título de animal en mi vida, pero en el animal humano persevero.

Nosotros también hemos sido lentos, cuatro millones de años desde que nuestro se bajaron del árbol en el África oriental. Uno y pico que nos conocemos aquí más cerca, nos cuenta Gibert, no sin polémica, cuando las hoy ásperas tierras de Orce, de la hoya de Baza, fueron un gran lago a cuyas orillas con hipopótamos, rinocerontes y grandes felinos, acudimos los homínidos en nuestras partidas de caza, en nuestras colectas de lo silvestre. Primero estuvieron el árbol y la sabana. Antes fue el monte, por millones de años. Y llevamos únicamente diez mil años agricultura, lagar, bastetania y después todo lo demás. Una nimiedad.

Pero tan solo unos siglos de tecnica, sobre todo el último, nos introdujeron en la vorágine de la urgencia y de la masa. Y con ello, nos han convertido en esclavos de nuestra propia celeridad. Ahora la ciencia, que es la madre de la técnica como selva lo fue del agro, nos avisa:Estamos llegando a la asíntota del crecimiento. Esto es lo que hay. Estos son los tiempos de la prisa, en los que ningún poeta puede comer de su obra.

¡Ay, cómo empequeñece andar metido en esta muchedumbre!

... entretanto un político pasa y no saluda.

Tanta elementalidad, fuego, agua, tierra... Con el aire, el fundamento de todas las cosas, tan de Empédocles todo, tan esencial, de cuando la ciencia era únicamente una rama de la filosofía, en el momento en que se estaban fraguando los cimientos de la civilización occidental. Así estamos. Y el caso es que hay quien que no es para tanto. Que en Andalucía hay muchos pueblos sujetos por el agua, incluso severamente faltos. Que el campo está para exprimirlo, con toda su demagogia de panes en boca de millonario. Que incendios hay peores, más extensos y en los que incluso han muerto personas. Pero en Jódar, en los últimos tres años los hemos tenido todos, el del rayo, contra quien nadie sabe, el de la basura , la mierda junto a la sierra, el de la bomba y su tendido eléctrico, mas agua para el olivo, vaya a facilitarle una gota. En solo tres veranos hemos sufrido todas las modalidades, hasta conseguir que nos ardiera casi la mitad de nuestra superficie forestal.

¿Y no pasa nada?, ¿nunca pasa nada?...

Atraviesa la muerte con herrumbosas lanzas y en traje de cañón, las parameras donde cultiva el hombre raíces y esperanzas, y llueve sal, y esparce calaveras.

Llevamos cuarenta y tantos años disfrutando de un impresionante regalo de la naturaleza, el acuífero de nuestra sierra de entre Bedmar y Jódar. No es sino un fruto más del mente, de la sierra y se condición kárstica. Un recurso potencialmente renovable, cuyas sugerencias explican la existencia de nuestro propio pueblo. Pero a lo largo de este tiempo hemos conocido el descenso de casi cincuenta plantas. Un gigantesco edificio líquido que ha sido demolido, demolido por nuestra inconsciencia.

¿Podemos creer que tampoco pasa nada?

Dale a la piedra, agua, hasta ponerla mansa.

La mansedumbre que el agua le da a la piedra se la va confiriendo con el tiempo. Así, la preñez le viene a la sierra co la intimidad lenta del agua que la fecunda. Y nuestro ritmo es la antítesis de su compense. Procacidad para con el ahua. Agua clorada para hortales y piscina, para nuestros dispendios urbanos, agua para los olivos eternos, aquellos que, cuando secano, universalizo Miguel Hernández, con quien ahora, atrevidamente, vengo acompañado mis pensamientos.

Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, pregunta mi alma: ¿de quién, de quién son estos olivos?

En los últimos años, y esto es bien reciente, el cante ha abandonado el olivar, sustituido por el estrundo de las máquinas. Como la sopladora, el vibrador y toda la cohorte de ingenios apagaron la voz del hombre en el campo, así corremos el riesgo de empobrecernos todos. Y no se trata de abandonar progresos, ni de regresar al neolítico ....¿quién es tan idiota? Tan solo de no perder el norte, de no olvidar la gramática de la naturaleza, y si es el caso, beligerante, no dejárnosla arrebatar por quién solo quiere entender y obligatorio a aprender otra lengua.

Otro político, por ejemplo un Novel de literatura, Winston Churchill, escribe:Los pueblos que olvidaban su historia están condenados a repetirla. Pues nuestra historia y todo el vértigo de la prehistoria humana comenzaron en el monte, desde el monte. Aprovechémoslo, utilicemos el monte con sensatez, pero no perdamos nunca la sagrada libertad de lo silvestre. Darle la espalda es renunciar a nuestras raíces; olvidarlo entre el asfalto y los olivos clónicos, un peligroso ejercicio de irresponsabilidad.



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